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La segunda copa

Dos copas de vino blanco a medio beber sobre la barra de un bar de hotel con luces cálidas desenfocadas

Un relato breve. Última noche de un congreso de traducción, el bar del hotel casi vacío y dos personas que llevan años coincidiendo una vez al año.

A las once y media el camarero empezó a subir las sillas de las mesas del fondo. Elena lo vio por el rabillo del ojo y no dijo nada. Si lo decía, Andrés miraría el reloj, y si miraba el reloj se acordaría de que su tren salía a las nueve.

Se conocían desde hacía doce congresos. Ella traducía del alemán; él, del italiano y de lo que hiciera falta. Cada otoño compartían una mesa redonda, una cena con más gente y, a veces, un café a solas en el que hablaban de todo menos de ellos. Ella tenía cuarenta y seis años y un divorcio tranquilo. Él había enviudado hacía tres inviernos y no lo mencionaba nunca.

—Otra —dijo Andrés, y no era una pregunta.

El camarero trajo dos copas de vino blanco y se fue con una paciencia profesional.

Hablaron de una novela que los dos habían leído en versiones distintas. De la palabra alemana que ella llevaba una semana sin saber traducir. De la manía de él de subrayar con lápiz los libros de otros. Elena se rio de algo y, al reírse, apoyó la mano en la mesa, cerca de la de él.

No la retiró.

Andrés tampoco movió la suya. Se quedaron así un rato largo, con dos centímetros de mantel entre los dedos, y siguieron hablando como si no pasara nada, aunque ya ninguno de los dos escuchaba lo que decía el otro. Ella se dio cuenta de que él había dejado de mirarla a los ojos y le miraba la boca mientras hablaba, y de que ella estaba haciendo lo mismo.

—Llevo doce años queriendo preguntarte algo —dijo él al final.

—Doce no. Once. El primer año te caí fatal.

—El primer año me corregiste en público.

—Tenías un error.

—Tenía un error.

Elena esperó. Fuera había empezado a llover y el ruido llegaba amortiguado por la moqueta, por las cortinas pesadas, por la hora. El camarero apagó la luz de la barra.

—¿Quieres subir? —preguntó Andrés. Lo dijo bajo, sin sonreír, y luego añadió—: Puedes decirme que no. Seguiríamos siendo los de siempre.

Ella pensó en los doce otoños, en los cafés a solas, en la palabra alemana que no encontraba. Pensó que hay preguntas que, si se contestan mal, se pasan el resto de la vida contestándose solas.

—Sí —dijo—. Quiero.

Dejaron las copas a medias. En el ascensor no se tocaron, porque había un hombre con traje que bajaba en el tercero, y esos tres pisos fueron los más largos de la noche. Cuando el hombre salió, Andrés la miró, ella asintió, y él le apartó el pelo de la cara con una lentitud que ella no le conocía.

La habitación 512 tenía la luz de la mesilla encendida y la ventana abierta a la lluvia. Elena cerró la puerta con la espalda.

A las nueve de la mañana, el tren de Andrés salió sin él.

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